Un piloto de líneas aéreas con treinta años de carrera cuenta dos ocasiones en que él y sus compañeros se engañaron: un «ovni clásico» sobre Concord (California) que resultó ser una semilla de algodoncillo arrastrada por el viento, y un objeto en llamas visto sobre el este de Canadá que era un meteoro. Concluye que, sin conocer la distancia, nadie, ni siquiera un piloto, puede estimar el tamaño de lo que observa.
Cuadernos de Ufología. Suplemento Internacional (Santander, Fundación Anomalía), n.º 2 (1996), pp. 12-13. Traducción de un artículo publicado en Skeptical Briefs, vol. 5, n.º 4, diciembre de 1995, p. 9, por Luis R. González.
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